Entre todos los relatos, uno habla de un símbolo que la bruja guardaba como recordatorio de su poder y de su soledad. Era el emblema de su camino: un signo forjado con la sabiduría de la piedra violeta, la intuición de la luna y la fuerza victoriosa del laurel.
No cualquiera podía portarlo, pues se decía que revelaba la verdad oculta en cada palabra y desnudaba las intenciones más secretas. Los que lo han visto aseguran que, al tocarlo, sintieron que las llamas de un fuego invisible se encendían en su pecho, recordándoles que todo aquel que elige la senda de la magia nunca vuelve a ser el mismo.