Al caer las primeras hojas del otoño, la dama del bosque celebraba la abundancia de la tierra con una risa que estremecía las ramas. Dicen que en una de esas danzas, el aire dorado quedó atrapado en un destello, cristalizado como el corazón de un sol en miniatura.
Ese fulgor pasó de mano en mano como ofrenda a quienes caminaban en gratitud. Quien lo recibe se convierte en guardián de la alegría en los días grises y de la esperanza en los inviernos largos. Aurenna es el recuerdo de que incluso en la caída de las hojas, la vida sigue ardiendo con belleza.